domingo, 10 de agosto de 2014

Buster Keaton (El Navegante)


 El sobresaliente Buster Keaton (El Navegante)


“¡Qué hermoso sería retroceder a aquellos días en los que el cine, todavía huérfano de diálogo, producía asombro, sonrisas y expectación en cada película!”. Una cautivadora e inolvidable frase que me deleitó por completo cuando la leí, ya hace tiempo, y que comparto en su conjunto. Sería fascinante abandonar, aunque fuese sólo por unos instantes, ese deseo de concebir el cine para producir dinero en lugar de con la intención, como debería ser, de satisfacer al público y transmitir impactantes sensaciones.

Para mí, El Navegante es de las mejor películas de cine mudo que se ha realizado en la historia, o por lo menos de las más especiales. Posiblemente, sea la que más me gusta por encima de todas, habiendo disfrutado de un gran número de ellas. Gracias a ésta me enganché  y comencé a ver muchas más de este estilo (El chico, El maquinista de La General,…), ya que si no me hubiese apasionado habría sido incapaz de ver más allá. En resumidas cuentas, me abrió los ojos y me permitió adentrarme en una increíble aventura cinematográfica. Aunque no sólo me asombró por ser la primera que contemplé ni por ser un filme excelente, obviamente, sino también por el hecho de estar dirigida y protagonizada por uno de los mejores artistas que ha dado este mundo, Buster Keaton.

 

Es asombroso cómo evoluciona el personaje, pasando de ser un inútil e incompetente adinerado a terminar siendo un ingenioso marinero. Éste siempre había sido una persona bastante acomodada, con una fortuna envidiable, que hasta se permitía el lujo de tener a otras personas ejecutando sus tareas por él, pero en el momento en el que no tienes nada te ves obligado a realizar todo lo que esté en tus manos para salir adelante y sobrevivir. La forma en la que lo logra es increíble, hay una notable evolución y un progreso escandaloso que deja perplejo a todo espectador. En ocasiones, cuando nos lo dan todo hecho, no sabemos hasta dónde somos capaces de llegar con nuestras propias capacidades y virtudes, y éste es uno de los grandes mensajes que nos envía esta película y una imprescindible enseñanza que a más de uno habría que instruir. Gracias a sus logros se le va viendo más feliz al protagonista, ya que cuando se lo daban todo en bandeja desconocía lo que era capaz de hacer, y a medida que va descubriendo todo su potencial comienza a sentirse más orgulloso de sí mismo. Tiene mucho más mérito valerse por sí mismo y saber que eres capaz de lograr lo que te propongas, a que te lo den todo servido, porque puede ser más cómodo pero no te llena ni la mitad. Las cosas fáciles no tienen importancia, el valor de cada una de las cosas lo mide la calidad de su elaboración.  

Al final, a la hora de la verdad, las riquezas no te rescatan ni te ayudan en los momentos más difíciles de la vida. El dinero no dura para siempre; en ese navío ambos eran igual de pobres, a pesar de ser excesivamente ricos fuera de éste. En un momento puedes estar en lo más alto, que la más ridícula casualidad puede arrebatártelo todo. Pero no sólo eso, es que el dinero tampoco da la felicidad; como se puede ver al comienzo, en el momento en que el personaje principal es rechazado por la chica a la que desea, éste se hunde en una enorme tristeza (hasta el punto que decide dar ese “largo paseo” de vuelta a casa) de la que el dinero no le puede sacar. El dinero, pues eso… sólo es dinero.

Otro de los importantes temas que se palpa es el amor. Es de admirar todas y cada una de las muestras que hace este inepto protagonista por la persona que ama, incluso después de haber sido rechazado por ésta previamente.  Por amor somos capaces de hacer cualquier cosa y como se puede apreciar aquí, nos puede llegar a transformar radicalmente. Por atraer a una persona somos capaces de madurar, de trabajar e, incluso, hasta en ocasiones, de protegerla por encima de todo, poniendo nuestra propia vida en peligro. El amor es la mayor de las motivaciones que nos impulsa a realizar locuras que en otros ámbitos o circunstancias no seríamos capaces de plantearnos. Y todo esto se puede sentir en una tarea de 59 escasos minutos. ¿O acaso se imaginaba el millonario Buster, antes de subir a El Navegante, que iba a terminar con un traje de buzo en el fondo del mar a petición de una mujer?

 

Es una película que transmite más sensaciones de las que a simple vista se pueden apreciar. Debemos saber mirar más allá de las simples escenas que se nos presentan. Hay que intentar ponerse en la piel de los protagonistas y adentrase en la historia para poder sentir lo que ellos sienten. Las personas que afirman (como he leído en otras críticas) que esta joya no deja un recuerdo importante y que el argumento es disparatado y ligero, desde todo mi respeto, no saben mirar más allá de lo que ven en la pantalla, y les aconsejo que abran un poco más sus respectivas mentes.

Es por esto por lo que afirmo que es una obra inspiradora; nos enseña que el dinero sólo es dinero y que en momentos cruciales de la vida no sirve de nada, que con esfuerzo, trabajo y ganas se puede conseguir lo impensable, y que el amor todo lo puede.

En El Navegante saca a relucir su enorme talento y todo su ingenio realizando unas explosivas escenas inolvidables como la cocina que se saca de la manga, el empleo de las pinzas de una langosta bajo el mar para cortar una cuerda, asustar a diversos caníbales por medio de un traje de buzo y muchas más. Es una obra que tiene su parte de “drama” al comienzo de la película, numerosos tramos de comedia a lo largo de la cinta, algún momento de “terror” en la primera noche del barco, instantes de tensión en la cercanía de la playa y una enorme transmisión de alegría en la escena final de la obra. Sin olvidarnos de los magníficos papeles que desempeñan los excelentes personajes secundarios, lo inerte, refiriéndome, entre otros, al importante trabajo que realiza el barco, el juego que da el salvavidas, el travieso sombrero del protagonista, el valedor submarino, el cómico momento protagonizado por el mini cañón y la famosa función que cumple el traje de buzo.

Desarrollar trabajos de este calibre en la actualidad puede resultar bastante sencillo debido a los innumerables medios de los que disponemos, pero debemos tener en cuenta que esta obra maestra fue realizada en el 1924 cuando los medios eran muy limitados y el cine todavía no había despegado a su plenitud. Y es un dato muy importante a tener en cuenta a la hora de valorar y criticar.

En cuanto a su vida personal… Un dato muy curioso que me encanta destacar, siempre que hablo de este increíble personaje, es que, a diferencia de otros de su misma época (Charles Chaplin, Harold Lloyd), no mueve ni un solo músculo de su rostro en ninguna de sus magistrales obras (El Navegante, Vecinos, El maquinista de La General, El héroe del río,…), llegándose a enfrentar a espeluznantes situaciones (peligrosos indígenas, terribles huracanes, armados ejércitos, innumerables historias de amor…) por una cláusula en su contrato que le prohibía reír en público. Esto iba a provocar (junto con otros factores) que terminase interno en una clínica psiquiátrica en el año 1937. Lo que justifica que había quien le conocía como “El hombre de la cara de palo” o “El hombre que nunca ríe”.

Y nada tiene que envidiarle al inigualable Charles Chaplin, que aunque fuese el mejor para muchos, eran simplemente estilos diferentes. Es más, he de decir que no se ha sido nada justo con Keaton ya que la única distinción entre ambos es que este último era más cerebral y Chaplin más sentimental. Y no por eso uno debe caer en el olvido y otro haber marcado un antes y un después en la historia del cine.

 

Otra peculiaridad digna de mención es que Buster Keaton nunca ha necesitado la ayuda de dobles a la hora de ejecutar los arriesgados, pero a su vez originales y perfectamente calculados, gags que tanto caracterizan y protagonizan sus trabajos, ya que también era un genio de las acrobacias, al contrario que el resto de sus colegas. Lo que, por desgracia, iba a provocar que al grabar una de sus más famosas obras, El moderno Sherlock Holmes, se rompiese el cuello en una escena de riesgo. Saltando en ocasiones desde alturas de hasta 24 metros.

Joseph Frank “Buster” Keaton ganó muy merecidamente, en el año 1959, el Óscar honorífico (aquellos que se entregan para premiar circunstancias particulares que, según la Academia, no se podían recompensar con los trofeos habituales) por su grandísima contribución al cine de comedia, y en mi opinión a todo el cine en general. Un polifacético cinematográfico que nunca caerá en el olvido mientras siga en corazones de cinéfilos como yo.

Lo que daría por poder viajar en el tiempo y regresar a aquellos años en los que se tenía el privilegio de disfrutar de los orígenes y del crecimiento del verdadero cine. He nacido en un tiempo que, en cuanto a cine y principios se refiere, no es el mío. Siento que debería haber nacido en una época anterior, en la que el cine, y se podía afirmar y gritar con orgullo y en mayúsculas, era EL SÉPTIMO ARTE y no, como en la actualidad, unos cuantos “actores” que se dedican a entretener y distraer a desinformados y cansados asistentes. Aquellos momentos en los que sin diálogos, sin color, sin efectos especiales y sin apenas medios sabían cómo tocar el corazón de los espectadores.

Yo sentía que le debía una crítica así a mi gran amigo Keaton porque lo que me ha enseñado, lo que me ha hecho descubrir, lo que me ha hecho sentir, lo que me ha divertido y lo que me ha transmitido es algo que cada vez que lo pienso me deja totalmente ensimismado. Me has cambiado, tío. Y la mejor de las formas, de las muchas que se me han ocurrido, para poder agradecerte todo esto que has hecho por mí, ésta es la que más me ha convencido; una crítica escrita desde lo más profundo de mi interior, verme todas tus maravillas y seguir disfrutando de cada una de ellas como si fuera la primer vez . Y ya siento que puedo vivir en paz conmigo, contigo y con la plenitud del cine. Muchas gracias por todo, eminencia.

 

 
 
El portaminas negro.

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