domingo, 19 de abril de 2015

El Código Hays y La Aventura del Poseidón


Asesinato y resurrección en Norteamérica


En los años 70, durante la Guerra de Vietnam, Estados Unidos sufría una terrible crisis que frenaba los campos capitales de la nación; educativos -universidades y escuelas-, sanidad, protección, etc. y, como no podía ser menos, el cine. El séptimo arte llevaba estancado ya unos años, por no decir que atravesaba su peor cosecha; la sociedad apenas acudía a las salas de proyección. Esto desembocaría en un notable declive del sistema de estudios de Hollywood. Predominaban siempre las mismas tramas,  los relatos simples y el cine que no aportaba nada. Seguramente por la barrera coercitiva y limitadora generada por el surgir, en plena Gran Depresión, del Código Hays (1930, aunque puesto en marcha en 1934), en contraposición a la industria lasciva propia de la era pre-code -años 20-. Dicha recopilación concentraba lo que podía y lo que no aparecer en pantalla, es decir, un polémico y puritano tratado de censura, concebido por el republicano William H. Hays (1879-1954), que sintetizaba lo que se consideraba moralmente correcto, hipotéticamente, por una tolerable imagen de este espacio artístico, y evitar así intervenciones gubernamentales.



Motion picture Production Code (Hays Code), cover of a paper copy



Dicho acuerdo prohibía la mofa de las leyes -humanas y naturales-, los géneros de vida desarrollados en la película debían ser aceptables, y excluía cualquier filme que rebajara el nivel sensitivo de los presentes (“nunca se conducirá al espectador a tomar partido por el crimen, el mal, el pecado.”), es decir, parecía necesario elaborar películas cuyo mensaje fuese afectiva e intelectualmente descifrable para un niño de quince años, ya que era impensable asimismo que tendieran las perversiones sexuales, desnudos –ni del ombligo- o arrebatos pasionales siquiera. Entre las condiciones más influyentes, tampoco podían florecer imágenes explícitas de un atentado o armas directamente, bailes con inclinaciones sensuales u obscenas, actos protagonizados por el alcohol y mucho menos tráfico clandestino de drogas, dirección de metrajes en la que personajes religiosos sean promotores de escenarios impuros o de ridiculización ni tramas que desprotegieran el matrimonio como institución; las infidelidades, adulterios o amores impuros –homosexualidad inclusive- no se pueden considerar, bajo ningún concepto, lícitos, al igual que la presencia de prostitutas. En resumen, no deben ser permisibles intrigas escandalizadoras, inciviles o violentas ética y estéticamente para ningún público tajantemente político –liberal  o conservador- o de igualdad social –raza, nación o credo-.

El primordial fin era, una vez más, el de engendrar millones (desgracia, desde mi punto de vista, invariable desde el nacer de Hollywood porque todavía hoy se sufre en multitud de labores), en lugar de la confección de guiones penetrantes y enseñanzas indispensables. Es decir, el de priorizar su propio beneficio olvidando el colectivo, ¡cómo no!, con los que se comprometen, al ser su misión, en teoría, la de cautivar y perfeccionar. Sin relegar que dicho precepto hollywoodense marginaba el cine europeo en particular e independiente en general, por la violación de estos criterios y suministrarle al concurrente lo que en realidad esperaba en aludido arte.

Acrecentaban, por lo general, las comedias, los gánsteres y las historias sencillas logrando únicamente el entretenimiento del espectador y el ingreso de dinero. Y recalco “por lo general” porque no se debe ser injusto con las valiosas y envidiables genialidades de ingeniosos directores como Billy Wilder (1906-2002), para mí, el rey de la comedia clarividente, o Alfred Hitchcock (1899-1980), el merecidamente entronizado creador del thriller psicológico, que sometidos y reprimidos por esta calamidad credencial lograron sobreponerse con razonable éxito. Pero, tal vez, los más afectados fueron Los Hermanos Marx –por sus intrépidos diálogos-, la actriz Joan Blondell –denunciada en diversas circunstancias- o el filme Adiós a las armas –recortada posteriormente, por lo que conformamos con una versión regulada-.



“Esta imagen es una acusación de las reglas de pandillas en Estados Unidos y de la cruel indiferencia del gobierno a este aumento de constante amenaza para nuestra seguridad y nuestra libertad.”


Pero esto no resultaba y, ¡gracias a Dios!, las constantes demandas a este criminal castigo al séptimo arte fueron escuchadas. Los asistentes estaban cansados de la reiteración y del monótono argumento vacío que maltrataba tanto a cineastas como cinéfilos, hasta que repelente dogma alcanzó su consumación en 1967. Dicho desenlace fue sin duda en favor del cine, ya que posibilitaba de nuevo la aparición de desconocidas concepciones artísticas que se hallaban enjauladas.

El ansiado tránsito está cada vez más cerca; en 1972 se reescribiría la historia del cine. La aventura del Poseidón –adaptación de la novela de Paul Gallico (1969)- rompería definitivamente, “¡y menos mal!”, todo lo establecido hasta la fecha. Escenas con conjuntos de cadáveres, mujeres en paños menores, algún personaje desangrado, y un largo etcétera que era impensable contemplar con anterioridad. Motivo por el cual el estreno de la aclamada superproducción (aparte de por la enérgica publicidad adjunta, la relevancia de los cruceros entonces y el temor ante las amenazas naturales) nadie deseaba perderse; los cines repletos y las rebosantes filas que inundaban las inmediaciones de éstos.

Un filme que, aunque hoy parezca insignificante por el elevado número de obras brotadas de diversos desastres naturales, sellaría un antes y un después en el porvenir del cine. Punto de inflexión que iba a socorrer notablemente el renacer cinematográfico norteamericano, al dar a luz a un nuevo género fílmico; el de catástrofe. No obstante, eso sí, a pesar de la ignorancia de la sociedad del momento, con una destacable  carga ideológica en cada escena –asomos de machismo al ser las tres protagonistas una ex prostituta, una anciana histérica con obesidad y una rubia que no sabe nadar ni distinguir un vivo de un  muerto (y no cuento quién muere para evitar spoilers) mientras que los hombres son más que héroes, palpando también divulgación clerical mediante la defensa cuando está todo boca debajo de buscar la única salvación siempre ahí arriba, encabezado en todo momento por el reverendo-. Sin embargo, siendo injustamente desconocida e ignorada por multitud de cinéfilos, es indiscutible su crucial aportación en el perfeccionamiento e impulso de esta cultura audiovisual.

Seguro que hay quien me rectificaría, y no le falta razón, por la aparición de obras cuya historia es provocada por algún carácter catastrófico anterior a la dedicada, pero ésta no sólo narra una aventura en torno a una desgracia natural sino que nos muestra con todo detalle cada una de las injusticias provocadas, el origen y proceso recorrido detenidamente y lo que conllevó. Es decir, la pionera que plasma y forma una catástrofe como tal y en su totalidad desde una perspectiva marcadamente mejorada y con la carencia de útiles avanzados de la época, lo que llevó a cuantiosos expertos considerarla con célebre privilegio. Como se nos indica en la carátula de ésta; “con unos efectos especiales SIN PRECEDENTES y un reparto repleto de estrellas, La Aventura del Poseidón es una aventura épica dentro del cine de los último años.”

Meritoriamente debería considerarse, bajo mi intranscendente opinión, la joya original y por excelencia del recién expuesto género, ya que además engloba tanto incendios como explosiones bajo el agua. Fue y sigue siendo la causante de un boom de cintas germinadas de la mano de espeluznantes calamidades estimuladas por la incontrolable e impredecible naturaleza (desde terribles tsunamis hasta devastadoras erupciones volcánicas, pasando por el temido fin del mundo), como en su entonces El coloso en llamas (1974), la popular 2012 (2009) o Lo Imposible (2012); la más significativa y simbólica en nuestro país, basada en un extraordinario hecho real.

Un prodigio posible gracias a cineastas como el innovador Ronald Neame (director) y soberbios actores como el intrépido Gene Hackman (protagonista principal y premiado en diferentes ocasiones), Ernest Borgnine, Red Buttons, Shelley Winters (ganadora del Globo de Oro a mejor actriz secundaría por esta obra), Stella Stevens, Leslie Nielsen y Roddy McDowall. Sin ninguna duda, que ningún cinéfilo debe perderse, ya no sólo por la novedad e innegable calidad del producto, sino por el significado y trascendencia que ha adquirido en este ámbito. Ganando, no obstante, dos  Premios Oscar a los mejores efectos especiales y a la mejor canción, "The morning After".

“Sumérgete en uno de los clásicos más alucinantes del cine actual.”





El portaminas negro.



miércoles, 18 de febrero de 2015

La magia del Surrealismo (Un perro andaluz)



UN PERRO ANDALUZ

 
Es comprensible que al vivir por primera vez esta joya, rodada en dos semanas, se considere que todo carece de sentido, que el director está trastornado o que directamente, esto no puede ser concebido como cine. Pues bien, a pesar de la intención de los originales e innovadores artistas: Luis Buñuel y Salvador Dalí, quienes fueron numerosamente criticados, denunciados e, incluso, amenazados; de engendrar una inexplicable obra, ésta sí tiene una justificación racional. Tal y como se observará a continuación.




Cuando se contempla la famosa y extraña cinta del corte en el ojo –primer metraje, y probablemente el único expertamente reconocido, surrealista de la historia-, se tiene la chocante sensación de estar presenciando un sueño en el que las cosas van sucediendo a modo de fragmentos, sueño interrumpido con frecuencia, análogo a las comunes pesadillas. En realidad, no cuenta ningún sueño, sino que imita su estructura. Su aportación es el intento de comprender las similitudes entre el cine y el sueño como sistemas que discurren visualmente, diferentes al lenguaje.



Este cortometraje está compuesto por una aglomeración de surrealistas, metafóricas e intercaladas historias del subconsciente fluidas en independientes escenas. Es decir, lo que se nos quiere transmitir no se hará directamente, sino por medio de alegorías simbólicas, como, por ejemplo, y entre otros, la sátira en la cara del protagonista cuando palpa los senos; su rostro sufre una transformación a modo de enfermedad por la mala educación sexual que le inculcaron de pequeño -el deseo sexual es veneno para nuestra conciencia- y por la relación que encontraba entre el sexo y la muerte, que nunca logró explicar; también cabe señalar, la exhibición de los brazos de un camarero agitando una coctelera por el elogio que Buñuel tenía hacia los bares (lugar donde creaba) y el alcohol; o por último, cómo se nos muestra el deseo sexual de dicho protagonista, reflejado en la salida de las hormigas en su mano derecha.





Se trata de una película de culto, muda y en blanco y negro, de 17 minutos estrenada en el año 1929, que va primordialmente destinada a la idea –al intelecto-, y no a la puesta en sí –a la vista-. Se caracteriza por su surrealista e irracional elaboración, cuya intención era conseguir una incomprensible historia, en forma de protesta contra el arte vanguardista de esos años 20; aquél definido por un marcado carácter racionalista, como el Purismo de Ozenfant y Jeanneret o el Neoplasticismo de Mondrian y van Doesburg, que se estaba desarrollando en París, cuna de las vanguardias.

 
Como dijo el prestigioso e influyente cineasta Stanley Kubrick: “una película es como la música. Debe ser una progresión de ánimos y sentimientos”. Un perro andaluz, a pesar de comenzar con una notable intensidad, cumple estrictamente este precepto superándose en cada escena. A medida que se desarrolla el proyecto, la historia va cobrando potencia apreciándose un logrado crecimiento.


Nos encontramos ante un imprescindible y excepcional clásico de arte, cuyo prodigioso y envidiable guión, llevado a cabo por dos eminencias, se pensó en menos de una semana y se desarrolló a partir de dos sueños que ambos tuvieron.  El corte en el ojo de Buñuel y la aparición de las hormigas en la mano derecha de Dalí, iban a ser el punto de partida para la filmación de los altibajos de la amorosa historia de una joven pareja. En la que se pueden observar también ilusiones y temores que éstos tuvieron a lo largo de su vida, como, entre muchos otros, la puesta en escena de los burros en la que aparece Dalí, inquietud que éste padecía en su niñez.


Entre otros de los simbolismos dignos de admiración, que excelentemente definen esta creación, desde y para la inteligencia, hay que destacar la posible materialización de la masturbación en la erupción de las hormigas por el profundo surco de la palma del protagonista, ya que la mano personificaría el instrumento y el hormigueo, como hemos señalado anteriormente, el deseo sexual. Acompañado del representado en la última oportunidad del galán de consumar con su obsesión. Mientras ella le mira fijamente, a él le desaparece la boca (similar a una de las secuencias de Matrix) y no sólo eso, sino que también le crece una gran cantidad de vello púbico, clara manifestación de propuesta de sexo oral, bastante gráfica y poco romántica. Sin olvidarnos de la protesta del director, en el tramo final, frente a la institución del amor que se propiciaba en los matrimonios de su época, mediante la entrada de un elegante bañista -sin hormigas en la mano, con reloj…- que representa a una persona estable, con trabajo, adinerado…, en fin, afortunada, con la que la protagonista permanece, olvidando eficazmente a su verdadero amor; desgracia que firman numerosas mujeres al escoger la seguridad económica antes que la pasión.



         No es de mis cortos favoritos por estar dirigido por uno de los mejores directores de todos los tiempos, ni porque compartamos nacionalidad, ni tampoco por ser yo un amante del cine experimental, ni siquiera porque sea de los hitos más importantes del arte que más me apasiona –el contemporáneo-, o porque su referente y preferido cineasta fuese el mismo que el mío: el inigualable Buster Keaton; sino porque comparto con él la misma pasión de entender el arte por medio del concepto a través de una forma metafórica, y no por su puesta en escena. Por ello yo también valoro y disfruto mucho más de la belleza ideal o conceptual que de la formal o visual. Grandes artistas defensores de este estilo –intento de terminar con la tradición y la comercialización del arte-, también muy valorados por mi parte, son Marcel Duchamp y Andy Warhol, para los que “lo esencial no está en las soluciones propuestas sino en la amplitud de las preguntas formuladas”. Y puede parecer muy exagerado decir apasiona pero el arte con un gran trasfondo y un lógico mensaje, elaborado por una serie de útiles metafóricos, que no se puede ver a simple vista, ya sea cine, performance, ready-made, fotografía, happening…, me vuelve loco. Una obra que pone a prueba la inteligencia y que hace trabajar el cerebro, sin olvidarnos de su también curiosa y sorprendente belleza física, en mi opinión, es mejor que aquella belleza que sólo despierta la vista. El arte que encuentra la importancia de las obras en la idea sobre sus rasgos físicos, es decir, que el trabajo del objeto es un mero soporte para transmitir la profunda idea de la obra, haciendo trabajar el intelecto y la imaginación, en contra del formalismo y el arte estrictamente visual, me parece más atrayente y misterioso. Sinceramente me transmite y aporta muchas más emociones e intrigas el mensaje propiamente invisible –por lo general mediante el humor y la ironía-, que lo que en realidad te puede mostrar un cuadro o una escultura corriente –que en absoluto desprecio y del que también aprendo-. Por mucho que la técnica y, probablemente el esfuerzo sean asiduamente mayores al conceptual, no le quita ningún mérito, ya que tampoco es tarea fácil transmitir grandes mensajes o historias por medio de unos cuantos cuerpos alegóricos. Porque como bien dijo en su momento una sabia amiga: “autores como Duchamp son filósofos más que artistas”, o por lo menos plasman su filosofía en su nueva forma de hacer y entender el arte.


Por todo esto, y haciendo referencia al primer párrafo, es recomendable que tras apreciar dicha maravilla se interese uno por adquirir cierta información acerca de los porqués de los acontecimientos acaecidos en el transcurso de dicha ficción, antes de proceder a criticar sin conocimientos. Es concebible que no guste, ya que se sale del prototipo de cine al que todo el mundo está acostumbrado –el que produce millones-, pero no se puede entender, como he leído en numerosas ocasiones, que haya gente que afirme rotundamente que “hay ideas totalmente desfasadas como para ser encumbradas hoy en día”, “algunos momentos pasados de madre”, que hay escenas que “rebajan la cinta”, “quince minutos de nada más absoluta”, “bobada tras bobada”, “esto es solo humo de surrealismo barato estático y pobre”… en fin, lo que os decía de hablar sin ideas, sin madurez artística y sin ciencia. Para todos vosotros: el Surrealismo también es arte.


Respetando, entendiendo y, en algunas ocasiones, compartiendo los gustos de cada cual, de este filme no se pueden sacar pegas que vayan más allá del paladar, porque la riqueza de la subjetividad nos permite juzgar y diferenciar si las cosas nos gustan o no, o si lo hacen más o menos, pero la objetividad también es estrictamente rica, por lo que hay una serie de reproches que no se pueden defender, ya que, independientemente de las percepciones de cada uno, las cosas son y son. O como bien se sostiene en Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia); “una cosa es una cosa y no lo que se dice de esa cosa”.


Pero a mí no me encanta exclusivamente por la evidente genialidad en la totalidad del producto -desde una perspectiva objetiva-, sino porque también saboreé plenamente cada una de las espectaculares escenas que la componen, y la normalidad –dentro de lo surrealista- con la que trascurren; como, algunas ya mencionadas, la nube que atraviesa la Luna en el instante en el que la protagonista va a experimentar, en un primer plano, el corte en el ojo –llevado a cabo realmente en el órgano ocular de una vaca- con una navaja barbera; la amenaza de ésta con una raqueta con forma de cruz al acosador –simbolizando la moral católica-; la nueva pareja a orillas del mar; los pianos con los curas y los burros putrefactos, y un largo etcétera, acompañadas en todo momento de una inquietante y poderosa música, incorporada tiempo después, que escolta cada uno de los actos.




Un fascinante tesoro con el que este excelente guionista y director español comienza su admirable aventura cinematográfica, y que ningún buen cinéfilo debe perderse. Y más allá de la cinefilia, es también una aportación imprescindible para cualquier interesado en arte, ya que va a marcar una gran diferencia dentro del mundo contemporáneo.  

 
Y agradecer, una vez más, el milagro de la escritura por concedernos la suerte y el privilegio de poder plasmar de forma fija y permanente las ideas, conocimientos, sentimientos, opiniones y pensamientos que se hallan en la región inteligente, y más humana, de nuestro ser,  que, a su vez, nos permite soñar, transmitir y enseñar a todos los apasionados. Gracias. 




El portaminas negro.

domingo, 17 de agosto de 2014

Robin Williams


SIEMPRE CON NOSOTROS


Tras la amarga partida de actores como Paul Walker, Heath Ledger, Philip Seymour Hoffman …  otra gran estrella que nos deja es  Robin Williams; un modelo a seguir, en cuanto a profesional se refiere (ya que tuvo problemas con el alcohol, las drogas, contrajo matrimonio en tres ocasiones, murió suicidado…), que zarpa cuando el séptimo arte más lo necesitaba. El cine precisa de actores que realicen tesoros que no dejen de asombrar, y no individuos que se dediquen a entretener a la gente y se hagan llamar artistas.


 

Aunque me cueste en exceso admitirlo, ya que hay otros muchos que también me han marcado a lo largo de mi vida (Buster Keaton, Jack Lemmon, James Stewart, Clint Eastwood, Jack Nicholson, ... ), me atrevo a afirmar que Robin Williams posiblemente ha sido el actor que más me ha transmitido, enseñado e, incluso, ayudado. Un artista que ha estado en los momentos más importantes de mi vida desde la infancia (Flubber y el profesor chiflado, Señora Doubtfire, … ) hasta la madurez (El indomable Will Hunting, El club de los poetas muertos, … ). Un ser prodigioso capaz de educar a la gente por medio de una serie de insospechables actuaciones, que, al fin y al cabo, es el primordial propósito de este arte.

Este inigualable personaje me ha indicado que hay cosas más importantes que el dinero, la fama y, hasta, los estudios, como, por ejemplo, la amistad, el amor y la persecución de tus sueños sobre cualquier cosa. Aunque la mayor enseñanza para mí sea que, por encima de todo, hay que aprender a pensar y actuar conforme a tus ideales y no dependiendo de lo que puedan opinar los demás; viviendo y saboreando cada momento como si fuera el último, ya que cada uno de ellos define quién, en realidad, eres. Películas que te incitan a abrir la mente y hacerte reflexionar para que seas capaz de crear tu propio pensamiento, sin dejarte dominar por las masas, mediante la escucha a los demás, la lectura, por ejemplo de poesía ,… siendo tú quien escoja las doctrinas (o ideas) que quieres cultivar y practicar. Para que, a fin de cuentas, seamos, como diría mi mejor amigo, libres pensadores.

Y el cruel día  llegó. El 11 de agosto de este mismo año, 2014, iba a publicarse la impactante y, a su vez, dolorosa noticia … Robin Williams había sido hallado muerto en su domicilio. Y he de reconocer que, en un principio, no me lo podía creer; una persona que había significado tanto para mí no me podía dejar tan pronto y con una despedida tan amarga, un suicidio. Se me hace sumamente duro ver la marcha de un referente que, aunque no conociera en persona, había sido crucial en mi vida. Una eminencia del cine que nos deja oraciones como éstas: “solía pensar que la peor cosa en la vida era terminar solo. No lo es. Lo peor de la vida es terminar con alguien que te hace sentir solo”, “no leemos y escribimos porque sea tierno. Escribimos y leemos poesía porque somos miembros de la humanidad, y la humanidad rebosa pasión. Medicina, leyes, administración, ingenierías son muy nobles y necesarias para sostener la vida, pero la poesía, la belleza, el romance, y el amor son por los que vivimos.”, “Robert Frost dijo: dos caminos se abrieron ante mí, pero tomé el menos transitado y eso marcó la diferencia”, o, la que más me impactó: “no eres perfecto, amigo. Y voy a ahorrarte el suspense. La chica con la que sales tampoco es perfecta. Lo único que importa es si sois perfectos como pareja”. Unos mensajes que dejan ensimismado y pensativo a cualquiera. Mensajes imprescindibles para toda la vida, que aconsejan y construyen como ser humano.


 

Probablemente si decidiese ver filmes, en estos momentos, como Flubber y el profesor chiflado, Señora Doubtfire, Jumanji, Aladdin o Noche en el museo no me transmitirían apenas emociones, pero, en su momento, cuando estaba descubriendo el cine, lo que me proporcionaban … era mágico. Y si en mis inicios hubiese contemplado joyas como El indomable Will Hunting o El club de los poetas muertos no habría sabido valorar lo asombroso que era lo que estaba contemplando y no me habría cambiado como lo hace ahora; cada cinta tiene su momento. Se trata de un genio que tiene trabajos para todos los gustos y edades, en los que jamás te dejará indiferente. Lo más característico de éste es que actúa de un modo tan sencillo y natural que sabe congeniar con todos sus compañeros y con todo el público al que se dirige. Películas que invitan a la reflexión haciéndote plantear la vida y mirarla desde otra perspectiva.

En mi adolescencia estas dos últimas realizaciones me han instruido muchos de los principios bajo los que ahora me rijo y me hacen ser el hombre que soy (ganando ambas el Premio de la Academia al mejor guión original, aparte de otros muchos logros). Son dos increíbles trabajos que tienen la finalidad de hacer pensar al espectador y de transmitir una serie de valores. Son películas que han sido elaboradas con el propósito de enseñar, guiar y formar, no de distraer simplemente.

El indomable Will Hunting y El club de los poetas muertos, junto con Qué bello es vivir y La vida es bella, son las obras de arte que, para mí, mejor demuestran que merece la pena ser feliz luchando por alcanzar sueños y disfrutando cada instante en este valle de lágrimas; unas críticas impresionantes que provocan que en los momentos más duros logres sacar fuerzas que desconocías y que te empujan a comerte el mundo superando tus límites. Por esto considero que estas cuatro magistrales creaciones son esenciales para la formación de cualquier persona que pretenda ser culta.

Ha sido un magnífico cineasta cuyo trabajo y esfuerzo se han visto recompensados con grandes reconocimientos como, entre otros, el Oscar al mejor actor de reparto con El indomable Will Hunting, tres Globos de Oro al mejor actor de reparto con Señora Doubtfire, Good morning, Vietnam y El rey pescador, un Premio Cecil B. DeMille a la trayectoria profesional, y un Premio SAG al mejor actor de reparto con El indomable Will Hunting.

Reconozco a un majestuoso profesional, Capitán y Comecocos -como Will Hunting lo refería- que ha llenado el cine, y sobre todo mi vida, de ilusión, magia y esperanza. Le estoy muy gratificado por todo lo que me ha concedido durante estos años y por otorgarme el privilegio de haber crecido a su lado. Gracias a él, en gran parte, me he convertido en quien ahora soy.  Todos los cinéfilos, incluido yo ¡cómo no!, nos encargaremos de que tus hazañas perduren por siempre en la historia del cine.

Descansa en paz, maestro.

 
 
El portaminas negro.

domingo, 10 de agosto de 2014

Once (Una Vez)


EL OCTAVO ARTE


Señores: el  cine es un arte cuyo principal fin, aunque muchos estéis en desacuerdo conmigo, es aportar algo al espectador, estimular la parte más sensible de su interior, llenarle por dentro, hacerle sentir que sigue vivo, que le haga aprender cosas nuevas y mirar la vida con otros ojos y desde otra perspectiva. No se trata de un simple entretenimiento que se emplee para que pase más rápido el tiempo y que las tardes aburridas se hagan un poco más amenas. Se debe disfrutar lo grandioso que es lo que está contemplando. Si es capaz de dejarte dormido e indiferente sin proporcionarte nada se le debe considerar pasatiempo, y no CINE.

La película “Once” sí que es auténtico cine. Es un trabajo que no deja indiferente a nadie y que sin escenas de violencia, guerra, sexo o fantasía es capaz de engancharte y enamorarte por medio de las letras y melodías que estos grandes y, a su vez, desconocidos protagonistas han logrado componer. Esta maravillosa película logra congeniar dos de las artes más espectaculares de las que podemos gozar en este mundo, música y cine, con una suavidad y un sentimiento que deja sorprendido  a todo el que sepa valorar ambas asombrosas creaciones. Si el cine se dice que es el séptimo arte, en mi opinión este filme es el octavo. Llamar cine a esta joya se queda bastante corto. Cada una de las canciones de esta gran obra te transmite una serie de cosas que otros musicales no te proporcionan por muchas canciones que tengan, ya que la diferencia es que los otros (Grease, Dirty Dancing, Sonrisas y lágrimas…) son meros musicales comerciales cuya intención es divertir al público y ésta pretende provocarle diferentes sensaciones.

Nos encontramos ante una película que durante 85 minutos te aísla de la realidad y te deja totalmente ensimismado cuando finaliza. A mí, personalmente, todas y cada una de las canciones me han enseñado algo diferente, no había ni una sola que no tuviese un mensaje explícitamente dedicado a mí (o así por lo menos me sentía yo), y mentiría si no dijese que se me ponía la piel de gallina con cada una de ellas. Ésta es la diferencia entre las películas que se hacen con altísimos presupuestos y para obtener más beneficios y las que se hacen con corazón y para el corazón.

Y me veo en la obligación de insistir en que el director de esta cinta comenzó siendo el bajista de un grupo irlandés, “The Frames”, que al ser el encargado de grabar los vídeos de sus canciones, poco a poco, acabó decidiendo rodar algunos metrajes. Pero no termino aquí. Los protagonistas, Glen Hansard y Markéta Irglová, no son actores sino el actual cantante del grupo mencionado con anterioridad y una majestuosa pianista y cantante, respectivamente. En un principio el director contactó con Cillian Murphy para que protagonizase este largometraje pero tras la negativa de éste tuvo que elaborarlo con sus ya nombrados amigos. Dado que no disponían de grandes fondos se tuvieron que adaptar a grabarla con cámara en mano. En fin, en mi opinión, un cometido fascinante y digno de tener en cuenta a la hora de valorar.

Yo en absoluto me considero un experto en cinematografía pero sí sé que para que esta película guste no hace falta tener muchos conocimientos. Claro está que hay películas mucho mejores que ésta y que sus historias son más originales y comerciales, pero con el escaso presupuesto con el que disponía el director de ésta ha superado con creces todas las expectativas, porque con muchas ganas e ilusión se puede conseguir lo que uno se proponga.

Y una de las conclusiones con las que termino esta crítica es que, como se puede ver en la escena del autobús, con música todo se explica más fácil, con más sentimiento y con más realidad, por duro que sea el mensaje que le quieras transmitir a la otra persona.

Señores: déjense sorprender durante 85 escasos pero intensos minutos y no se la pierdan. Una gran obra que toca lo más profundo del presente.
 

 
 
 
El portaminas negro.

Buster Keaton (El Navegante)


 El sobresaliente Buster Keaton (El Navegante)


“¡Qué hermoso sería retroceder a aquellos días en los que el cine, todavía huérfano de diálogo, producía asombro, sonrisas y expectación en cada película!”. Una cautivadora e inolvidable frase que me deleitó por completo cuando la leí, ya hace tiempo, y que comparto en su conjunto. Sería fascinante abandonar, aunque fuese sólo por unos instantes, ese deseo de concebir el cine para producir dinero en lugar de con la intención, como debería ser, de satisfacer al público y transmitir impactantes sensaciones.

Para mí, El Navegante es de las mejor películas de cine mudo que se ha realizado en la historia, o por lo menos de las más especiales. Posiblemente, sea la que más me gusta por encima de todas, habiendo disfrutado de un gran número de ellas. Gracias a ésta me enganché  y comencé a ver muchas más de este estilo (El chico, El maquinista de La General,…), ya que si no me hubiese apasionado habría sido incapaz de ver más allá. En resumidas cuentas, me abrió los ojos y me permitió adentrarme en una increíble aventura cinematográfica. Aunque no sólo me asombró por ser la primera que contemplé ni por ser un filme excelente, obviamente, sino también por el hecho de estar dirigida y protagonizada por uno de los mejores artistas que ha dado este mundo, Buster Keaton.

 

Es asombroso cómo evoluciona el personaje, pasando de ser un inútil e incompetente adinerado a terminar siendo un ingenioso marinero. Éste siempre había sido una persona bastante acomodada, con una fortuna envidiable, que hasta se permitía el lujo de tener a otras personas ejecutando sus tareas por él, pero en el momento en el que no tienes nada te ves obligado a realizar todo lo que esté en tus manos para salir adelante y sobrevivir. La forma en la que lo logra es increíble, hay una notable evolución y un progreso escandaloso que deja perplejo a todo espectador. En ocasiones, cuando nos lo dan todo hecho, no sabemos hasta dónde somos capaces de llegar con nuestras propias capacidades y virtudes, y éste es uno de los grandes mensajes que nos envía esta película y una imprescindible enseñanza que a más de uno habría que instruir. Gracias a sus logros se le va viendo más feliz al protagonista, ya que cuando se lo daban todo en bandeja desconocía lo que era capaz de hacer, y a medida que va descubriendo todo su potencial comienza a sentirse más orgulloso de sí mismo. Tiene mucho más mérito valerse por sí mismo y saber que eres capaz de lograr lo que te propongas, a que te lo den todo servido, porque puede ser más cómodo pero no te llena ni la mitad. Las cosas fáciles no tienen importancia, el valor de cada una de las cosas lo mide la calidad de su elaboración.  

Al final, a la hora de la verdad, las riquezas no te rescatan ni te ayudan en los momentos más difíciles de la vida. El dinero no dura para siempre; en ese navío ambos eran igual de pobres, a pesar de ser excesivamente ricos fuera de éste. En un momento puedes estar en lo más alto, que la más ridícula casualidad puede arrebatártelo todo. Pero no sólo eso, es que el dinero tampoco da la felicidad; como se puede ver al comienzo, en el momento en que el personaje principal es rechazado por la chica a la que desea, éste se hunde en una enorme tristeza (hasta el punto que decide dar ese “largo paseo” de vuelta a casa) de la que el dinero no le puede sacar. El dinero, pues eso… sólo es dinero.

Otro de los importantes temas que se palpa es el amor. Es de admirar todas y cada una de las muestras que hace este inepto protagonista por la persona que ama, incluso después de haber sido rechazado por ésta previamente.  Por amor somos capaces de hacer cualquier cosa y como se puede apreciar aquí, nos puede llegar a transformar radicalmente. Por atraer a una persona somos capaces de madurar, de trabajar e, incluso, hasta en ocasiones, de protegerla por encima de todo, poniendo nuestra propia vida en peligro. El amor es la mayor de las motivaciones que nos impulsa a realizar locuras que en otros ámbitos o circunstancias no seríamos capaces de plantearnos. Y todo esto se puede sentir en una tarea de 59 escasos minutos. ¿O acaso se imaginaba el millonario Buster, antes de subir a El Navegante, que iba a terminar con un traje de buzo en el fondo del mar a petición de una mujer?

 

Es una película que transmite más sensaciones de las que a simple vista se pueden apreciar. Debemos saber mirar más allá de las simples escenas que se nos presentan. Hay que intentar ponerse en la piel de los protagonistas y adentrase en la historia para poder sentir lo que ellos sienten. Las personas que afirman (como he leído en otras críticas) que esta joya no deja un recuerdo importante y que el argumento es disparatado y ligero, desde todo mi respeto, no saben mirar más allá de lo que ven en la pantalla, y les aconsejo que abran un poco más sus respectivas mentes.

Es por esto por lo que afirmo que es una obra inspiradora; nos enseña que el dinero sólo es dinero y que en momentos cruciales de la vida no sirve de nada, que con esfuerzo, trabajo y ganas se puede conseguir lo impensable, y que el amor todo lo puede.

En El Navegante saca a relucir su enorme talento y todo su ingenio realizando unas explosivas escenas inolvidables como la cocina que se saca de la manga, el empleo de las pinzas de una langosta bajo el mar para cortar una cuerda, asustar a diversos caníbales por medio de un traje de buzo y muchas más. Es una obra que tiene su parte de “drama” al comienzo de la película, numerosos tramos de comedia a lo largo de la cinta, algún momento de “terror” en la primera noche del barco, instantes de tensión en la cercanía de la playa y una enorme transmisión de alegría en la escena final de la obra. Sin olvidarnos de los magníficos papeles que desempeñan los excelentes personajes secundarios, lo inerte, refiriéndome, entre otros, al importante trabajo que realiza el barco, el juego que da el salvavidas, el travieso sombrero del protagonista, el valedor submarino, el cómico momento protagonizado por el mini cañón y la famosa función que cumple el traje de buzo.

Desarrollar trabajos de este calibre en la actualidad puede resultar bastante sencillo debido a los innumerables medios de los que disponemos, pero debemos tener en cuenta que esta obra maestra fue realizada en el 1924 cuando los medios eran muy limitados y el cine todavía no había despegado a su plenitud. Y es un dato muy importante a tener en cuenta a la hora de valorar y criticar.

En cuanto a su vida personal… Un dato muy curioso que me encanta destacar, siempre que hablo de este increíble personaje, es que, a diferencia de otros de su misma época (Charles Chaplin, Harold Lloyd), no mueve ni un solo músculo de su rostro en ninguna de sus magistrales obras (El Navegante, Vecinos, El maquinista de La General, El héroe del río,…), llegándose a enfrentar a espeluznantes situaciones (peligrosos indígenas, terribles huracanes, armados ejércitos, innumerables historias de amor…) por una cláusula en su contrato que le prohibía reír en público. Esto iba a provocar (junto con otros factores) que terminase interno en una clínica psiquiátrica en el año 1937. Lo que justifica que había quien le conocía como “El hombre de la cara de palo” o “El hombre que nunca ríe”.

Y nada tiene que envidiarle al inigualable Charles Chaplin, que aunque fuese el mejor para muchos, eran simplemente estilos diferentes. Es más, he de decir que no se ha sido nada justo con Keaton ya que la única distinción entre ambos es que este último era más cerebral y Chaplin más sentimental. Y no por eso uno debe caer en el olvido y otro haber marcado un antes y un después en la historia del cine.

 

Otra peculiaridad digna de mención es que Buster Keaton nunca ha necesitado la ayuda de dobles a la hora de ejecutar los arriesgados, pero a su vez originales y perfectamente calculados, gags que tanto caracterizan y protagonizan sus trabajos, ya que también era un genio de las acrobacias, al contrario que el resto de sus colegas. Lo que, por desgracia, iba a provocar que al grabar una de sus más famosas obras, El moderno Sherlock Holmes, se rompiese el cuello en una escena de riesgo. Saltando en ocasiones desde alturas de hasta 24 metros.

Joseph Frank “Buster” Keaton ganó muy merecidamente, en el año 1959, el Óscar honorífico (aquellos que se entregan para premiar circunstancias particulares que, según la Academia, no se podían recompensar con los trofeos habituales) por su grandísima contribución al cine de comedia, y en mi opinión a todo el cine en general. Un polifacético cinematográfico que nunca caerá en el olvido mientras siga en corazones de cinéfilos como yo.

Lo que daría por poder viajar en el tiempo y regresar a aquellos años en los que se tenía el privilegio de disfrutar de los orígenes y del crecimiento del verdadero cine. He nacido en un tiempo que, en cuanto a cine y principios se refiere, no es el mío. Siento que debería haber nacido en una época anterior, en la que el cine, y se podía afirmar y gritar con orgullo y en mayúsculas, era EL SÉPTIMO ARTE y no, como en la actualidad, unos cuantos “actores” que se dedican a entretener y distraer a desinformados y cansados asistentes. Aquellos momentos en los que sin diálogos, sin color, sin efectos especiales y sin apenas medios sabían cómo tocar el corazón de los espectadores.

Yo sentía que le debía una crítica así a mi gran amigo Keaton porque lo que me ha enseñado, lo que me ha hecho descubrir, lo que me ha hecho sentir, lo que me ha divertido y lo que me ha transmitido es algo que cada vez que lo pienso me deja totalmente ensimismado. Me has cambiado, tío. Y la mejor de las formas, de las muchas que se me han ocurrido, para poder agradecerte todo esto que has hecho por mí, ésta es la que más me ha convencido; una crítica escrita desde lo más profundo de mi interior, verme todas tus maravillas y seguir disfrutando de cada una de ellas como si fuera la primer vez . Y ya siento que puedo vivir en paz conmigo, contigo y con la plenitud del cine. Muchas gracias por todo, eminencia.

 

 
 
El portaminas negro.

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